LOS ÁNGELES (AP).— Lo que durante años fue un punto de encuentro para jornaleros que buscaban empleo en jardinería o construcción, hoy es también escenario de tensión y miedo.
En estacionamientos de Home Depot del sur de California, trabajadores migrantes esperan trabajo mientras vigilan de cerca cualquier movimiento sospechoso: silbatos, radios y hasta megáfonos se han convertido en herramientas de alerta ante la presencia de agentes federales.

La tienda de Van Nuys ha sido allanada al menos cinco veces este verano. Algunos logran huir, otros son detenidos. Javier, un mexicano de 52 años, cuenta que ha escapado escondiéndose bajo un camión o corriendo entre los compradores:
«Van en furgonetas grandes y todos salen a perseguir a la gente”, relata.
El clima de redadas se intensificó tras ser señalados estos estacionamientos como “objetivos” por Stephen Miller, arquitecto de la política migratoria de Donald Trump.
Aunque activistas han demandado para frenar las operaciones, la Corte Suprema dio luz verde a que continúen. El Departamento de Seguridad Nacional lo celebró como una victoria, mientras que defensores de inmigrantes lo ven como un golpe a los derechos civiles.

Home Depot, que obtiene casi la mitad de su negocio de contratistas, niega colaborar con las redadas. Sin embargo, activistas aseguran que la compañía no puede desentenderse, pues sus estacionamientos se han convertido en puntos neurálgicos para la contratación de mano de obra inmigrante.
“Home Depot no es un espectador inocente”, afirma el académico Nik Theodore.
En Van Nuys, incluso un centro laboral comunitario busca dar cierta protección y organización a los trabajadores.

Aun así, la incertidumbre es diaria. Algunos, como Javier, piensan en regresar a su país; otros siguen llegando porque, más allá del riesgo, allí encuentran una comunidad que los sostiene.








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