La Semana Santa en Guatemala no solo es una celebración litúrgica; es un acto de memoria, de herencia viva y de profundo respeto.
Entre sus expresiones más admiradas y veneradas destaca la creación de alfombras procesionales las cuales son verdaderas obras de arte efímero que cubren las calles con flores, aserrín, pino y color, como una ofrenda humilde, pero majestuosa al paso del hijo de Dios.

La elaboración de este “arte sacro” es una exposición al mundo de la creatividad, devoción y significado histórico espiritual del guatemalteco.
“Es la ventana de una tradición religiosa inigualable que atrae muchas miradas por su espiritualidad, color y significado, por lo tanto debe conservarse como tal”, explica Javier López, devoto cargador de Jesús Nazareno de los Milagros del templo de San José.
López quien ha sido cucurucho por más de tres décadas agrega: “El pueblo católico se esfuerza cada año en conservar esta tradición como un tesoro, pues se trata de un trabajo planeado y ejecutado para vivir la pasión de Cristo desde el fondo de nuestro corazón”.
Recalca que todos los símbolos de la Semana Santa no deben verse como un “espectáculo” si no como una muestra de fe. “Hay que respetar el legado y la historia de fe que hay detrás de cada alfombra, pues son elaboradas para el paso de Jesucristo y de la Virgen María venerados por la comunidad católica”.

Esta tradición centenaria, heredada de las antiguas procesiones del período colonial e influenciada por las prácticas de los pueblos originarios, ha evolucionado a lo largo de los siglos hasta convertirse en uno de los legados culturales y espirituales más significativos de Guatemala.
Cada alfombra, ya sea confeccionada por manos devotas en barrios, comunidades o familias enteras, representa una manifestación de fe y respeto al misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

La Ciudad de Guatemala y varios de sus rincones han recibido a miles de fieles y visitantes, quienes viven la Semana Santa en un entorno marcado por el recogimiento, el arte sacro y la espiritualidad.
El Viernes Santo, 18 de abril, será testigo de la alfombra más extensa del país: 3.5 kilómetros de devoción sobre el asfalto del Centro Histórico, elaborada por decenas de hermandades que, en oración, rinden tributo al Cristo del Consuelo y a la Virgen Dolorosa.

El respeto por esta tradición no solo se expresa en el silencio reverente al paso de las andas, sino también en la dedicación con que se planifica y ejecuta cada detalle.
Más de 5,000 alfombras están siendo elaboradas durante la Semana Mayor, las cuales , acompañan cerca de 70 procesiones en distintos puntos del país.
Cada alfombra es un testimonio de amor, paciencia, fe heredada, y un puente entre generaciones que mantienen viva la identidad guatemalteca.

De acuerdo con historiadores, más allá de lo visual, “las alfombras son caminos sagrados: espacios donde el pueblo se encuentra con Dios, y donde la historia se hace presente bajo los pies de la fe”.
En Guatemala, cada Semana Santa es una cita con el alma, y las alfombras, un recordatorio de que lo efímero también puede ser eterno cuando nace del corazón.

Más que arte, las alfombras son una muestra de respeto y espiritualidad. La tradición, que se transmite de generación en generación, no solo es patrimonio cultural: es un acto colectivo de reverencia.
Las autoridades católicas y devotos cargadores enfatizan que “las alfombras no se pisan, se veneran y se respetan”.


























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